Literalmente muerto de frío
"Nadie vive en vano, si vivimos para el Señor vivimos, si morimos, para el Señor morimos"
Don Albino murió, literalmente, de frío. Su habitación de apenas unos 6 metros cuadrados no tiene ni adornos ni lujos. Solo un calentón de leña, una cama con algunas cobijas de cuadritos, un buró donde caben todas sus pertenencias. Sus perros, que siempre lo seguían, dormían afuera o a veces adentro, dándole calor. La puerta de su casita era de las que se abren con una hoja por arriba y otra por abajo y se pueden cerrar por dentro y por fuera. A la orilla del pueblo, de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua, rumbo a la Colonia Obrera, su calle es lodosa y se llega con dificultad.
Don Albino murió, literalmente, de frío. Su habitación de apenas unos 6 metros cuadrados no tiene ni adornos ni lujos. Solo un calentón de leña, una cama con algunas cobijas de cuadritos, un buró donde caben todas sus pertenencias. Sus perros, que siempre lo seguían, dormían afuera o a veces adentro, dándole calor. La puerta de su casita era de las que se abren con una hoja por arriba y otra por abajo y se pueden cerrar por dentro y por fuera. A la orilla del pueblo, de Nuevo Casas Grandes, Chihuahua, rumbo a la Colonia Obrera, su calle es lodosa y se llega con dificultad.
Yo lo conocí cuando viví en casa del Obispo de Nuevo Casas Grandes, Don Hilario Chávez Joya, q.e.d., durante mi año de misionero en esa ciudad, como seminarista de los Cruzados de Cristo Rey. Estuve ahí de julio de 1985 a julio de 1986.
Don Albino, como todos lo conocimos, era un viejito sucio, delgado, de nariz recta y grande, grandes ojos oscuros, hundidos, tez blanca, cara ovalada, casi sin cachetes, boca grande y con pocos dientes, con barba descuidada, pelo negro con algunas canas. Su cuerpo, tan flaco como su cara, era huesudo, de manos siempre frías. Cuando reía lo hacía con gracia aunque siempre se veía en su sonrisa un dejo de tristeza y melancolía.
De don Albino nadie sabia nada. Solo que la mayoría de los días iba desayunar a la casa del Obispo donde le servíamos un huevo estrellado con frijoles, pan, café y de vez en cuando alguna concha o dona de azúcar. Además que se olvidaban las cosas. Muchas veces le dí de desayunar y una hora después volvía a tocar la puerta pidiendo su desayuno porque "no había desayunado".
Le gustaba salir a tomar el sol después de desayunar. Daba un gran eructo y se sentaba por fuera en la cornisa de la ventana de la sala del obispado, que daba a la calle. Sacaba su cigarro o lo que le quedaba y daba unas chupadas que se antojaban. Creo que estos eran los mejores momentos de su día: panza llena, calientito por el sol y su cigarro. ¡Podía un hombre pedir algo más! Don Albino lo gozaba casi todos los días. Y, como Diógenes con Alejandro, si alguien se interponía entre el sol y él, pedía que se quitara.
Como es de suponer, no se bañaba seguido y más bien casi nunca. No tenía regadera en su casa. Cuando se bañaba lo hacía en el obispado y era toda una odisea bañarlo. Más o menos una vez al mes le cortábamos el pelo y, si teníamos, le dábamos algo de ropa "nueva" y un par de zapatos que fueran de su medida.
No platicaba nada. No era buen conversador. Solo decía que "los chinos son cabrones, mataron al hijo de la Chata", "pinches chinos cabrones". Se sumía en sus pensamientos, y decía lo mismo unas cuatro veces y luego se quedaba callado. Nunca supe qué pensamientos albergaba en su memoria. Nunca hablo de familia, hijos, esposa. Era un hombre solo.
En el invierno de 1985 recuerdo que hubo una gran nevada el día de la Medalla Milagrosa que, me parece, es en Noviembre, a finales, el 27 que cayó en miércoles. Como la Parroquia, convertida en Catedral cuando nombraron a Don Hilario Primer Obispo Prelado de Nuevo Casas Grandes, está dedicada a esa advocación de la Virgen María, celebramos el novenario de rigor, es decir, el Rosario a las 6 de la mañana con sus respectiva tamaliza al terminar.
Esos días fueron muy ajetreados. Nadie reparo en la ausencia de Don Albino. Como el Rosario era a las 6 am y duraba hasta las siete o siete y media y el desayuno de atole y tamales se extendía hasta las diez, si don Albino llegaba antes, nadie se daba cuenta. El caso es que después del triduo de la fiesta, después del novenario, el primero de diciembre, domingo, después de misa de 7 de la mañana, durante el desayuno, Don Hilario tomó conciencia de la falta de huésped tan distinguido en su mesa y nos mando a Toño Macías, mi compañero de misión, y a mí, a buscarlo. ¿A dónde?
Así las cosas, salimos los dos en busca de Don Albino. Medio intuíamos que podría vivir por la colonia obrera, así que fuimos preguntando a la gente que veíamos en la calle, poca pues era domingo por la mañana y hacía frío por la nevada, si sabía de Don Albino. Caminando llegamos a la vieja estación de ferrocarril y preguntamos por Don Albino. Nos acercamos aun cargador quien, tras describir a Don Albino, nos dijo que un viejito con esas características vivía más abajo, en la calle Libertad cerca de los campos de beisbol.
Fuímos para allá y como nos dijeron, el camino estaba lleno de lodo por la nieve que se derretía. Al final de una calle, casi al llegar a los campos de beisbol estaban unos locales que la gente usaba como casa y algunos vagones de tren que también usaban como casa. De algunas casitas salía humo por los tubos de los calentones de leña o diesel. Nos acercamos y a la primera casa que nos pudimos asomar preguntamos por Don Albino. Una mujer de aspecto yaki, morena con arrugas marcadas en la frente, vestido blanco con bordados de colores y pelo negro, ojos vivos y redondos, nos indicó una casita, en una esquina.
Llegamos así a la casita de Don Albino. Un escalofrío me hizo estremecer. Como si presintiera algo. De frente a las puertas de la casa, de cemento sin pintar, que luego supimos se hizo con dinero de Don Hilario, nos paramos mi tocayo y yo. En ese momento, como si el tiempo se hubiera detenido, dejamos de sentir el viento frío que baja de la sierra. La luz del día, opaca como los días de nevada, se paralizó. Dejamos de oír y todo se hizo silencio. Ahora, a la distancia, me parece que esta sensación frente a la muerte, como si fuera un signo o un presentimiento fatal, es real. Como cuando la muerte se le aparece a Macario, se le hiela a uno la sangre.
Vimos que el pasador de la puerta de abajo estaba puesto por fuera. Respiré profundamente y, casi aliviado, empujé la puerta esperando que no se abriera. Para mi sorpresa la que se abrió fue la de arriba. Hacia adentro, a la derecha, hasta topar con la pared. De inmediato percibí un olor a leña y frío, a humo y suciedad. Por la poca luz que entraba por la puerta, pues la casita no tiene ventanas, vi la cama con las cobijas desacomodadas. No parecía que hubiera nadie acostado. Quise irme y Toño también pero pensé que el Obispo me preguntaría si había entrado y si le hubiera dicho que no, me diría que lo hubiera hecho, "más vale un por si acaso que un yo pensé que", y me hubiera mandado de regreso.
Preferí buscar la manera de entrar. Metí la mano y encontré el pasador de la puerta inferior. Lo corrí y pude abrir. De inmediato una bocanada de aire entró al cuartito. Se iluminó. Entré y toqué la cama por la parte de los pies. No sentí nada, solo el colchón y aspiré el olor a orines que despedía. Con el pié pateé una botellita de ron "nalguera", como se les conoce. Nuevamente toqué la cama, ahora más arriba y sentí algo. De inmediato vino a mi mente, como un rayo, la imagen de la muerte, mi mamá tendida en la cama, con rostro tieso, con algodones en las fosas nasales, ojos cerrados, mi papá llorando y mi hermano Alejandro a los pies de la cama lamentándose, Gela, mi hermana abrazándome. Aún ahora este recuerdo me hace estremecer. Me armé de valor, el mismo que me permitió decirle a Gela que no llorará porque mi mamá ya estaba en el cielo, cogí la cobija por la orilla y de un rápido movimiento la levanté y la extendí hacia los pies de la cama, descubriendo el cadáver de Don Albino.
Estaba en posición fetal, con las manos entre las piernas, vestido con la ropa que siempre usaba, calcetines agujereados, la cara de lado, hacia la izquierda, la boca un poco abierta, los ojos cerrados, los cabellos despeinados. Le toqué la cara y sentí el frío y la rigidez mortuoria. Ya tenía los miembros rígidos, los dedos no se podían mover. Lo giré hacia la derecha y todo el giró en la misma posición. Debajo de su cuerpo se descubrió otra botellita de ron, vacía. Las cobijas se le enredaron en los pies. Su cara, su rostro, su último gesto era de dolor, de frío, de angustia. Había muerto de frío, un frío mortal que le caló hasta los huesos, que le llegó hasta la sangre, que lo paralizó. No sabemos si gritó o no. Si pidió ayuda o no. Si alguien se preocupó de encender su calentón o no. El frío lo mató, literalmente. ¿Murió de asfixia? ¿Le dio un infarto? No sabemos. Murió solo, sin nadie a su lado, ni siquiera sus perros.
De inmediato salimos corriendo hacia el Obispado. Al llegar, agitados por la carrera, entramos en la oficina de Don Hilario quien, de inmediato, intuyó lo sucedido. "Está muerto?". "Sí". "Llamen a Don Fernando para que busque a sus familiares y preparen el funeral".
Don Fernando, el chofer del obispo, un hombre grande, moreno, fuerte, de voz tronadora, un tipo de los Altos de Guanajuato, se persignó y fue a la oficina de Obispo a recibir indicaciones.
Como era de suponer, nadie se hizo cargo ni del cadáver, ni de las pertenencias, ni de la casita de Don Albino. No tenía a nadie. El Obispo se hizo cargo de los gastos funerarios, de los trámites legales, de la misa, las exequias y la sepultura de Don Albino. Por ironías del destino, lo enterramos junto a la sepultura de uno que había sido presidente municipal, jefe de la masonería del lugar. Uno tuvo un gran funeral y otro no, pero en el hoyo, en la tierra, sus cuerpos reposaban de la misma manera esperando el mismo final, el juicio misericordioso de Dios. Como el Pobre Lázaro y el Rico Epulón, uno gozó en esta vida y el otro no. Esperamos que ambos gocen en la vida futura.
A Don Albino lo enterramos con todas las de la ley. En su féretro descansaba su cuerpo, limpio, rasurado, peinado, trajeado, ajuareado con zapatos negros relucientes, su botellita de ron nalguera llena. Su rostro ya no transmitía tristeza y soledad. Los "muerteros" le había dejado con una leve sonrisa, como de agradecimiento. Así pasó a mejor vida, sin frío.
Curiosamente todavía hoy, sigo rezando por Don Albino, ¡inolvidable!, y aveces por Don Hilario, el Obispo Bueno.
Publicado el 19 de septiembre de 2014 en mi blog EL DESEO PIDE CUMPLIMIENTO.


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