ENTRE LA NEBLINA de Miguel Agustín García Menéndez

El frío se colaba por debajo de la endeble puertecita de madera, por los espacios y ranuras entre cada tablón, haciéndola temblar. La casita, silenciosa, permanecía como en una aparente penumbra que no se alejaba ni con la luz del día. Últimamente había llovido mucho… algo normal en estas épocas del año. El olor del cempasúchil y la canela recorría las callecitas y el aroma de la leña impregnaba el ambiente de noche y de día. De vez en cuando los colores del papel picado o de panes cubiertos con azúcar perforaban en el gris de los días como fuegos artificiales sin sonido. Pero no en la casa de Don Julián; ahí, los jarrones de barro, las flores ya marchitas en sus floreros y los manteles bordados se veían consumidos por una sombra continua, empalagosa y agobiante.

Las ventanas llevaban ya un rato cerradas, convirtiendo el aire helado de fuera en un débil aullido; la entrada tenía un tiempo sin ser barrida y la única señal de vida que mostraba era un delgadísimo hilo de humo que salía por un intento de chimenea sobre el desvencijado y enmohecido techo.

Y es que eran ya 6 días desde la muerte de su pequeña, su hija, quien había resbalado en una calle lodosa a la orilla de la barranca de camino a casa, en una muy tradicional tarde lluviosa de la Sierra. Los caminos sin pavimentar siempre han sido un problema en estas regiones… pero esta era la primera vez que se cobraban una vida. Desconsolado había corrido Don Julián a la barranca para rescatar a su pequeña, pero era ya muy tarde… de hecho nada hubiera podido evitar la terrible muerte pues la caída era de más de 20 metros. Su esposa, Doña Ester, llevaba ya 6 días llorando frente a la puerta, por la cual jamás cruzó de nuevo su hija. El rostro arrugado por el trabajo y el tiempo se enternecía ante las lágrimas que resbalaban continuamente, llegando hasta las patas de la silla en la que se sentaba, incluso durante la Misa ofrecida justo al día siguiente, en honor de la pequeña.

Pero quien no se enternecía era Don Julián. Lloró quizá un rato, al ver el cuerpecito de su niña, o quizá un poco más cuando se la llevaron para velarla…pero solo quizá. Amaba a su hija, con todo corazón, pero los muertos están muertos, decía, “ya nada se les puede hacer”. Y es que ¿qué iba a hacer? solo quedaba seguir adelante… quizá sería bueno pensar tener un hijo varón esta vez, uno que le ayudará con el trabajo en vez de perder el tiempo en tonterías de mujeres. Pero Ester no lo escuchaba, tan hundida en su pesar… Así pasó un buen rato, absorto en sus pensamientos, mirando a su esposa llorar sin prestarle atención realmente, su corazón endurecido por los golpes de la vida, aún más con este, y su bigote de azabache retorcido, impasible ante el drama que se desarrollaba dentro de la casita. Solo podía escucharse el sollozo y el crepitar de la leña que se apagaba. … la leña.

“Se está apagando el fuego vieja…” dijo.

“Y ya no hay leña…” continuó. Parecía que el pequeño cuartito estaba de luto también, silencioso y cada vez más frio.

“… ¡Vieja, Ester!… iré por leña antes de que muramos congelados” No hubo respuesta.

“Ta bien pues… regreso”

Se puso su jorongo más cálido, negro con franjas coloridas, y su sombrero desgastado, tomó la vara que le servía de bastón y se encamino a la puerta, que abrió con lentitud, haciéndola crujir. Justo cuando se disponía a salir del umbral, escucho, suavemente, la voz de su esposa que le decía, sin levantar la mirada:

“Trae mucha, para la ofrenda… y flores si te encuentras”

Julián asintió con un “mmhh” ronco y seco. Salió de casa y respiró el aire frío de las montañas, que le pegó en la cara como una bofetada. Comenzó a caminar. Las manos le dolieron casi al instante y sus huesos viejos le tronaban a cada paso mientras lodo se metía entre sus sandalias. Que desastre.

Ofrenda…. ¿Para que la ofrenda?... un gasto incensario… había que comprar fruta, poner fotos, gastar las velas…. ¿Para qué? Ni que eso le fuera a devolver a su hija. Tonterías de la gente crédula. Ya decía él… el padrecito les había lavado el cerebro a todos… y antes de él, él otro sacerdote, viejos decrépitos todos que solo se dedicaban a vivir a expensas de la gente y llenarles la cabeza de tonterías… como a su Ester. Tan crédula su Ester. Pero bueno… a ver que encontraba en el camino. Igual, no es como que a su hija le importara… los muertos ya están muertos.

Tomó el camino colina arriba, alejándose del pueblo y sus tejados viejos, de los que salían las chimeneas como velas de un barco arruinado. La niebla se metía ahora entre los árboles, bajaba de la montaña como un manto que helaba los huesos y mojaba la ropa cubriendo todo.

Su Ester, pensaba Julián, como quería a su Ester, pero que ciega estaba. Llorando a lágrima viva como si sirviera de algo. Él no, él no lloraba. Eso no es de hombres. Su papá le hubiera reventado la cara a cinturonazos si lo veía llorar… eso no arregla las cosas… el trabajo sí. Pero es que ¿acaso su hija no merecía una lagrima? Fátima, su pequeña y querida hija, a la que jamás volvería a ver. Tanto que la quería y no se lo dijo ni una sola vez… no era su lugar, los padres no deben malcriar a las niñas con halagos y cumplidos, eso le toca a la madre. El padre educa y corrige… pero como ansiaba tenerla de regreso un rato solamente, abrazarla y taparla con su jorongo para decirle que la quería, que la amaba, que la extrañaba… Solo una vez…

Al piso calló una lagrima, solo una, la segunda fue enjugada por el viento helado, la tercera fue reprimida antes de salir. Solo de pensar en su hija sentía como si un Sol escondido detrás de las nubes acariciara su cabeza, sentía el jorongo más caliente y sus cacles más suaves.

Siguió Julián su camino, hasta llegar al cenit de la montaña, cubierta toda por árboles. Ahí se erguían los restos de la antigua misión franciscana, una iglesia pequeña resquebrajada y deshecha, toda enmohecida, que alguna vez fue hogar de los monjes. Uno de sus muros estaba caído, no tenía techo ni campanario, las pierdas estaban regadas por todos lados. Junto al antiguo templo estaba el cementerio, abandonado también. Hace años que no se usaba, pues se había llenado.

Las tumbas tenían lama y pasto sobre ellas, solo algunas sobresalían, ninguna limpia. Pero ahí había buena madera, nadie iba a cortar ahí, por supersticiosos e ignorantes. Que tontos, ni que les fuera a salir ¿qué?

Caminó unos metros más, pasó el cementerio, cuya barda de piedra había caído, y se dispuso a cortar un árbol seco con su machete. Este serviría, si no estaba muy húmedo ya. Haría buena madera para la estufa… y las flores… mmm, ya sería después, había un campo de cempasúchil y otras más abajo, cruzando la colina, pero… no, no valía la pena, además quien sabe si Don Mario le vendería, viejo amargado, no más le vende a los de fuera.

Sacó su machete y dio el primer golpe, que resonó por toda la colina y cuyo eco se perdió en la densa niebla. Que solo se estaba ahí arriba. Siguió con su labor sin pensar más, dando golpe tras golpe con su oxidado machete – ¡Tas!... ¡tas!... ¡tas!-. De vez en cuando un pájaro volaba bajo y atravesaba la blancura de la nube que lo envolvía, pero más allá de eso, no se escuchaba más que su respiración agitada y los lentos pero firmes golpes del acero contra la madera.

De pronto, cuando el tronco empezaba a ceder, escuchó un tronido sobre su cabeza… ¡crack! Una rama tan grande como el mismo tronco que cortaba se vino abajo, aplastándolo contra el barro sin darle tiempo si quiera de voltear a ver. Era como si el árbol le hubiera devuelto el machetazo. Cayó justo sobre su espalda y lo tumbó, quedando boca abajo con el rostro hundido en el lodo. La vista se le nubló por un instante y sintió como el golpe le hacía mella hasta las rodillas. Trató de levantarse pero el peso le ganaba. Buscó su bastón para empujarse, pero había quedado muy  lejos, igual que su machete. Se estiró cuanto pudo pero fue inútil. Estaba atrapado. El dolor le recorría aún la espalda. Pensó en como liberarse de la maldita rama… pero no había salida, sin su bastón no podía ni ponerse en pie. Entonces sintió el frío que se colaba por sus pies hasta su cabeza, y pensó que si no salía de ahí pronto… el viento lo mataría en pocas horas. Gritó… pero nadie respondió…. Gritó una vez más pidiendo auxilio, llamando a quien fuera, a su esposa, a Don Mario, quien fuere. Nada. La neblina asfixió su grito.

Así se quedó unos minutos, maldiciendo la ofrenda y a su esposa que lo había enviado, según él, al maldito árbol, el maldito templo ese y el estúpido frío, mientras tiritaba bajo su maldito jorongo. Se retorcía los bigotes en una mueca mientras apoyaba las manos en el lodo para zafarse, haciendo tanto esfuerzo como era capaz, pero ni él ni la rama se movía. Parecía como si el árbol estuviera decidido a pisarlo y castigarlo lentamente, viéndolo temblar. Poco a poco comenzó a agotarse. Su boca se apretaba cada vez más y más y parecía que las querían tocar su nariz mientras arrugaba el rostro en una mueca de enojo que ocultaba su preocupación… su miedo.


De pronto, escuchó un cencerro a lo lejos, luego dos y luego muchos. Eran borregos, podía escucharlos… pero no los veía, la neblina no lo dejaba. Gritó otra vez, varias veces, pero nadie respondió. Se escuchaban cerca…. ¿por qué no respondían? Quizá el pastor no iba con ellos… irresponsable chamaco, como todos. Pensó que debía esperar, pronto pasaría alguien y lo ayudaría. Este pensamiento lo entretuvo un rato y se fue perdiendo en sus pensamientos, sus maldiciones hacia su situación, más bien. Logró asir con una mano el borde de su jorongo y taparse la nuca, metió los pies a manera de ovillo y poco a poco se fue acurrucando. Le dolía la pierna, mucho, y sentía que la espalda se le partía. Metió las manos bajo sus axilas y las frotó un poco… otro poco… otro poco… y se quedó dormido, más por el frio que por cansancio. Varias veces se despertó de golpe, creyendo sentir una mano que lo rozaba o escuchar algo que se acercaba, pero no era más que el viento rozando sus mejillas o gotas cayendo sobre su cabeza. Otra vez, escuchó algo como una campanada, pero volvió a dormir. En otra ocasión gritó varias veces más pero nadie respondía, más que el susurro de los árboles. Se le cansaron los pulmones, la garganta y la mente. No sabía si había pasado una hora, dos o quince minutos.

La noche cayó y cubrió la montaña como boca de lobo, ni un sonido se escuchaba, pero la neblina no se iba. Era cada vez más cerrada y fría y comenzaba a condensarse sobre la cima, mojando todo. Julián había hecho ya la idea de que iba a morir congelado ahí… igual, si no era ahí sería en su mugrosa casa con esa chimenea que nada más ahumaba sin calentar. Cerró los ojos una vez más, esperando dormir para siempre, sin pensar en nada. Su respiración era el único sonido otra vez… lenta, tiritante. Pasaron algunos minutos eternos cuando de entre la niebla, por el camino del pueblo, subiendo la colina, comenzó a escucharse un murmullo, un eco lejano de voces que platicaban… ¿platicaban? ¡Si! Eran personas ¡y varias! Trató de gritar por ayuda pero la voz no  salió de su boca... Aun así, las voces continuaban acercándose… más y más…. Pero no podía verlas. Lentamente, sin embargo, fue distinguiendo un color naranja y amarillo que pintaba la neblina, como si trajeran velas, o lámparas. ¡Quizá el pueblo entero venía a buscarlo! Y si no era eso quien sabe que sería, pero que se apuraran.

Las voces se fueron alejando, sonaban cada vez más distantes y menos entendibles, pero la luz se agrandaba visiblemente. Era obvio que la peregrinación se acercaba. Salieron de la densa cortina de niebla, todos ellos, muy bien vestidos… ¡era todo el pueblo en verdad! Venían sosteniendo velas y botellas, naranjas y perfumadas flores de cempasúchil. Y platicaban amenamente entre sí. Julián les gritaba pero ningún sonido salía de su garganta seca. Iban caminando con buen ritmo hacia la iglesia, a unos pasos de él, pero nadie parecía verlo. No distinguía a nadie realmente, pero daba igual, quien fuera, solo necesitaba una mano. Miró con más atención para poder ver un rostro y gritar su nombre, pero su cansada vista no lograba distinguir una sola cara a pesar de que estaban cerca. Lo que si podía distinguir sin problema alguno es que llevaban flores, velas y fotos, algunos masticaban comida mientras hablaban. Había incluso uno o dos perros, un gato por allá, todos con chales bordados y los hombres con cigarros humeantes en los labios. La alegre procesión paso de largó, sin notarlo si quiera, entraron en la antigua iglesia y al parecer siguieron de largo, pues el resplandor de las velas dejo de teñir el blanco de la neblina, quedando oscuridad una vez más. Julián logró emitir un grito casi agonizante y helado, estirando una mano entumecida con desesperación, tratando de alcanzarlos. En eso… sintió un calor suave en la cabeza, como un soplo en medio del frio. Rápidamente miró hacia arriba, esperando ser liberado de su trampa cuanto antes, pero al cruzar la mirado con quien lo ayudaba, su rostro se crispó en una mueca de horro y miedo terrible.

Era su hija, su pequeña Fátima, que lo miraba sonriente de oreja a oreja, con unos labios descompuestos y ojos negros más oscuros que el carbón; su blusón alumbrado por la vela que sostenía entre sus manos secas y roídas, con el cabello hecho jirones, como la había encontrado. Julián casi muere de un infarto en ese momento… sintió el calor de su hija pero no había luz en ella, no había vida. Era una aparición tenebrosa y horrible que venía seguramente a llevárselo al infierno de donde había salido. Esa no era su hija, se dijo a si mismo con pavor, mientras un escalofrío le erizaba cada cabello de la nuca al ver que aquel rostro se acercaba aún más al suyo.

Pero la niña hablo, sin abrir los labios, con la suave voz de su hija de hecho, y le dijo… “Hola Pá, ¿cómo estás? Déjame te ayudo”

Vio a la niña quitar, sin esfuerzo alguno, el tronco de su espalda, pero él seguía sintiendo el peso y no pudo levantarse por más que quiso. Desesperado y sintiendo un nudo en la garganta, regresó su mirada casi suplicante a los ojos de la niña que tenía ahora enfrente, en cuclillas. Casi podía chocar su nariz con la de ella. Su hija habló una vez más:

“¿Por qué no estas con mamá?”

Pero él no puedo responder… el miedo le había arrebatado la voz otra vez y la mueca que disfrazaba su horror se había desvanecido. Miró las manos de la aparición, pero ahora, estas estaban como recién lavadas, brillantes, suaves y perfectas. Estas sostenían una vela algo vieja, y unas cuantas flores algo aplastadas. Puedo sentir su olor y el calor de la vela.

“Papá ¿no me reconoces? Soy yo ¡Fátima!” dijo con una risilla.

Ahora su rostro se veía algo mejor, su ropa más compuesta y sobre sus hombros un chal rojo muy bonito.

“Mira, mamá me dejo estas flores, creo que las consiguió con la vecina, igual este pan, está muy rico, prueba”.

La niña le extendió una mano delicada y pequeña con un trocito de pan y esta vez, Don Julián logró gesticular un ronco “¿qué quieres?” al cual su hija sonrió y respondió:

“Solo pase a despedirme… y ayudarte… nunca dejas que te ayude pero esta vez no te quedó de otra jajaja” Su risa parecía tan despreocupada.

“No tardo en irme Pá, pero quería decirte que estoy bien. La tía Beba me cuida bastante.”

Esta vez, el padre miro a su hija y reconoció por fin su rostro, ya no descompuesto ni sombrío, sino cálido y amable, sonriente y juvenil. ¡Era su hija sin lugar a dudas! No sabía cómo ni por qué, pero tampoco se preguntó si estaba soñando o no, solo supo que aquella figura que tan cándida y preciosa se arrodillaba frente a él era su hija.

“¡Fátima!” gritó. “Perdóname Fátima, mija” sollozó.

Pero antes de poder continuar, su hija se acercó más a él y lo abrazó, en silencio, sintiendo todo su frío y él todo su calor, compartiendo la luz de la vela vieja mientras Julián rompía en llanto.

“Está bien papá, no pasa nada, llora… No fue tu culpa, no fue culpa de nadie… aquí estoy”

Que dulces fueron esas palabras y que exquisito fue ese abrazo que le arrancó el frio y el dolor, la preocupación, el enojo y la tristeza que tanto se guardaba y le dio en su lugar un llanto que mojó su rostro árido y endurecido. Sentía los bracitos de su hija apretarlo mientras el apenas podía apoyarse en ella, ocultando su rostro en su hombro. Cuando se separaron del abrazo, Fátima lo miró con ternura y le dijo

“No es a mí a quien debes pedir perdón, yo fui feliz y comprendí y sentí siempre tu amor, aunque jamás me lo dijeras, yo sé que querías un chamaco, pero aun así te quiero”.

“Es a mamá a quien debes pedir perdón… está solita en la casa, está triste… aunque ya no tanto, poco a poco se compone, pero a ella le quedan más días que a ti y no vas a dejarla pasarlos sola,

ve y abrázala, que hace años que no lo haces. Y no te preocupes por mí, estoy bien. Además llevo bastante para el camino. ¡Mira! Esta comida me la dejo el padre Herrera en su ofrenda, puso para mí y para el niño de Don Jacinto. También para Herminia. Y Me llevo la vela que me dejo mamá. El chal me lo dejaron los tíos en su casa, igual que el agua… la sal no se para que es, pero pos me la llevo, por si acaso jajaja”

Se irguió Fátima, sonriente y radiante, mirando a su padre.

“Corre, anda a casa y no se te olviden las flores el próximo año, que nos vemos entonces, te quiero… ah y ¡acuérdate lo que decía mi mamá! Solo los que le temen, ven fea a la muerte”

Y volteo lentamente, mientras su manita se resbalaba por la mejilla de su padre como resistiéndose a irse, mientras se encaminaba hacia la iglesia, en la cual se introdujo llevándose consigo la luz de la vela. Todo quedó oscuro otra vez, pero Don Julián ya no tenía frio, no sentía nada de hecho, más que paz, una paz que jamás se había dejado sentir. Tenía una sonrisa inconsciente en sus labios. Pero por alguna extraña razón se volvió a quedar dormido de golpe, mientras la agradable mueca de su cara se asentaba como polvo bajo el anafre.


A la mañana siguiente, despertó bañado en el frio del rocío, se levantó rápidamente, como asustado, pero reconoció la ausencia del peso de la rama, la cual estaba tirada a un lado de él, pesada como era…. La iglesia estaba vacía y no había rastro de pasos en el lodo o el pasto del camino. Pero la alegría de aquella extraña visita aún latía en su corazón y en su mente, estaba tranquilo, en paz… Tomó su bastón y se dirigió a casa… Ni de la leña se acordó, pero iba a comprar una flores de camino ¡cómo no! unas para la ofrenda y otras Pá su señora… y otras Pá poner al rato… en la tumba de su hija. Mientras bajaba la empinada colina, aún mojada por la neblina, resbalando y cojeando, se sentía como un jovencito emocionado, aunque Don Ernesto que lo vio pasar juraba que caminaba como un anciano, sonriendo sin saberlo si quiera…parecía un bobo.

Pero Don Julián no estaba interesado en ser joven o ser viejo, o en correr o volar o arrastrase, solo quería llegar a casa y prender el fuego junto a su esposa, abrir las ventanas, colgar la foto de su hija y contarle lo que había pasado. Jamás pasó por su mente que lo que vio y sintió pudiera ser fruto del cansancio, o si fue su imaginación o no; jamás pensó si quiera en que había pasado, pues no importaba. Al final, sentía por fin la libertad de…Sentir, porque su hija lo había ido a ver y ahora él iba a ver a su Ester. ¿No había dicho Fátima que a ella le quedaban más día o algo así?... No importaba, al final, los muertos están muertos…

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