Un rosario con Don Miguel
Salió tarde de dar clases, como de costumbre, por responder preguntas al final. Vestido con el uniforme de Boy Scout, un poco retro pues usaba calcetas blancas sobre las azules y botas negras cortas. Boina roja un poco ladeada, pañoleta con el clásico nudo turco hecho de tiras de cuero oscuro. Del lado derecho de la camisola gris la flor de lis.
Al vernos sonrió con amabilidad y sin más palabras lo seguimos hasta la camioneta pick up Chevrolet 1978 con cabina en la batea. Subimos las mochilas y nos instalamos en los asientos de la cabina del conductor.
Don Miguel subió a la camioneta y sin más arrancó y nos fuimos directo al “Valle del Conejo”. Llevábamos una lámpara colemman de gasolina blanca, algo de comida como jugos y leche de bote, cereales, galletas, un cartón de huevos, bombones para la fogata y algunas cosas más que las Guías no se habían llevado para no cargarlas durante la caminata que tenían que hacer desde la parada del camión hasta el punto de acampado.
Al salir de Puebla tomamos la carretera hacia Tlaxcala. Casi era de noche así que el hermano Miguel prendió las luces de la camioneta y al entrar a carretera nos invitó a rezar tres Ave Marías y encomendarnos al ángel guardián.
Los autos y camiones pasaban uno tras otro, muy cerca de nosotros pues la carretera es de un solo carril, sin acotamiento. Solo al tomar la carretera hacia Apizaco tuvimos acotamiento hasta Tlaxco. De ahí en adelante tomamos la carretera hacia Chignahuapan. El camino estaba tupido de árboles a los lados.
Comenzó a llover y Héctor y yo nos pusimos un poco tensos por la forma de manejar de Don Mike, como le decíamos todos en la preparatoria del Colegio Benavente. Tomaba las curvas con rapidez y no frenaba hasta estar muy cerca de otro auto o camión. Y aunque él se veía tranquilo, a nosotros nos daba un poco de miedo que pudiéramos chocar.
Fuera de las palabras que dijimos al rezar, casi todo el camino nos la pasamos callados. La presencia de Don Miguel nos imponía un tanto, de modo que solo hablábamos cuando él nos preguntaba algo como: “¿trajeron cerillos suficientes?”, “¿saben si subimos la gasolina blanca?”, “¿dónde habré dejado mi navaja? ¿Está en la guantera?”. A lo que nosotros respondíamos con monosílabos: “sí”, “no”. Estas pequeñas “conversaciones” relajaban un poco el ambiente y disminuían la tensión.
Hubo un momento en que de plano nos asustamos. Fue cuando al dar una curva, de las últimas antes de llegar al hostal alpino “Al final de la Senda”, sentimos que la camioneta levantaba una de las llantas de nuestro lado al chocar con alguna piedra que estaba muy cerca del asfalto. Por ventura el susto duró poco pues a los pocos minutos Don Mike puso la direccional derecha, disminuyó la velocidad y tomó el camino de terracería que lleva al “Valle del Conejo”.
El recorrido duró poco más de media hora. Después de ese tiempo divisamos a lo lejos la fogata que iluminaba entre los árboles. Comenzamos a oír los cantos, los gritos y los silbatazos que dan las órdenes: “corto, largo, corto, largo, corto, largo” para reunión; “largo” para hacer silencio; “tres cortos y un largo” para llamar a las guías de patrulla. Luego gritos y un grito fortísimo: “guías siempre: hambrientas”. Habíamos llegado justo a tiempo. Don Miguel solo dijo: “más vale llegar a tiempo que ser invitado” y se río un poco.
El campamento estaba ubicado del lado izquierdo del camino en un claro como de media hectárea. Las casas de campaña formaban una media luna teniendo por detrás la arbolada. Delante de las tiendas, como a unos 10 metros, la fogata aún ardía lanzando llamas al cielo y alrededor las casi 40 guías, sentadas, comían hot dogs, tomaban chocolate y hablaban y hablaban y hablaban.
Al ver la camioneta algunas se pusieron en pie. ¡Don Mike! Gritó una. ¡Los bombones! Dijo otra. Al estacionarnos, a un lado de las tiendas, nos bajamos y una más grito: “bien con Moto y el Conejo”.
Al punto bajamos las cosas que trajimos: la colemman, los bombones, las galletas, los huevos y las demás cajas con comida. Paula, la guiadora responsable del campamento me vio y se acercó a mí. Con un beso más que efusivo me saludó y con un apretón de manos saludó a Héctor “Moto”. “Qué bueno que llegaron. ¿Trajeron los bombones?”.
Don Miguel se encaminó hacia el grupo de guías que estaba alrededor de la fogata y todas se pararon para saludarlo. Su cara de hombre bueno, con la frente amplia, un poco calvo, pintando canas a los lados de la cabeza. Sus pequeños ojos cafés miraban a todas con chispa. Las reconocía una a una, las llamaba por su nombre. ¿Cómo hacía eso? ¿Cómo podía recordar los nombres de todas?
Maeli le dio a Don Miguel un café y le ofreció unas galletas “guías” de las que solo tomó cuatro o cinco. Se sentó sobre un tronco y Paula le explicó que después de la cena harían las representaciones a la luz de la fogata, cantarían y luego se irían a dormir.
Moto y yo ocupamos el tiempo levantando nuestra pequeña tienda de campaña para dos. Color naranja, con un toldo pequeño. Guardamos nuestras mochilas y luego nos fuimos por leña. Mientras buscábamos leña oíamos las canciones, los gritos, las risas, los silbatazos.
Terminada nuestra tarea de recolección de leña, nos fuimos a sentar con el grupo. Pudimos ver la clásica representación o sketch donde una guía, Mónica, iba por agua al río. Regresaba con una cubeta llena de agua, ajolotes, trocitos de madera y un poco de tierra. En la cubeta hacía agua de tang, de sabor naranja.
- “Y luego”, decía la narradora, “la guía “pie tierna” se preguntó: ¿dónde quedó mi tenis?” “Miró a la izquierda, miró a la derecha, buscó en el suelo, metió las manos a sus bolsas y nada. De pronto, su guiadora le gritó: Mónica, ¿qué haces con ese tennis en la mano?” Y ella respondió, “mezclando el agua”.
Todas se botaron de risa. Algunas más tiraron el agua de tang de naranja que estaban tomando y Mónica, riendo, decía “¡qué malas, solo lo metí dos veces!”.
Al final de la fogata Paula pidió a Don Miguel que dirigiera las oraciones de la noche. Después dio las órdenes para irse a dormir y acto seguido tocó el silbato: “corto, corto, corto, largo”. Llamada de guías de patrulla. Hicieron un pequeño corro al lado de la fogata e iniciaron la evaluación del día que terminaba y la preparación del día siguiente.
Moto y yo cenamos lo que pudimos y nos quedamos junto a la fogata. Don Miguel dijo que se iría a dormir. Se encaminó solo hacia la camioneta y se acostó debajo de un árbol. Sin sleeping bag, sin cobija, sin chamarra. Así nomás. Se tendió en el suelo y se durmió.
La hora de la guardia nocturna, la vigilia para cuidar el campamento, inició a las 12 de la noche. Moto y yo fuimos los encargados de velar las 6 horas que mediaban entre la media noche y el amanecer. Para eso fuimos al campamento de las Guías. Nos instalamos junto a la fogata con café, galletas, bombones y muchas ganas de no dormir. Nos esperaban horas de frío intenso, así que nos pusimos la chamarra y sacamos los sleeping bag. Para esto era la leña que habíamos recogido al llegar al campamento.
La primera y segunda hora pasaron más o menos rápido. Platicando de todo y de nada. De los exámenes finales de la preparatoria. De las amigas. De los amigos. De la carrera que nos gustaría estudiar. De la universidad a la que podríamos ir. De grupos de rock. Películas. Libros. Pinturas. De todo.
La tercera hora, esto es, más o menos a las tres de la mañana, el frío era intenso. El rocío comenzó a caer. El silencio era total. Solo se oía el crepitar de las llamas. De cuando en cuando iba yo por leña para atizar el fuego. Luego le tocaba a Héctor. La noche llena de estrellas. Alguna estrella fugaz, contamos unas 8 esa noche. Pero sobre todo el silencio.
Por ahí de las 4 de la mañana, con los ojos cargados de sueño, tras haber rezado los cinco misterios y las letanías de un Rosario que nos hizo tener más sueño oímos algunos perros que se acercaban a la tienda donde se guardaba la comida. Con la linterna los ahuyentamos. Cuando volvían les aventamos piedras. Después, como los perros tomaban confianza y se acercaban más, tuvimos que pararnos para correrlos aventándoles palos.
Fue más o menos a esa hora cuando todo pasó. Estábamos recostados junto a la fogata dentro de los sleeping. Apenas habíamos corrido a unos perros. De pronto nos acordamos de Don Miguel. La última vez lo dejamos dormido, debajo de un árbol, junto a la camioneta. Al recordar que no tenía cobija o bolsa de dormir pensé cubrirlo con una cobija que yo tenía. Me costó un poco salir del sleeping pero lo hice apoyando una rodilla en el suelo. Me paré y de inmediato sentí el frío en las mejillas. Caminé con la linterna en la mano, para entonces ya la batería estaba baja. Al llegar a la camioneta no encontré a Don Mike. Di la vuelta pero tampoco lo encontré. Caminé un poco para ver si se había movido de árbol, pero tampoco lo vi. Fui a la camioneta pensando que se había dormido dentro. Alumbré dentro de la cabina del conductor y no estaba. Luego fui a ver a la cabina de la batea pero no estaba. Un poco asustado, pues había oído muchas historias sobre Don Miguel, le grité a Héctor:
- “Moto, ven, ven rápido.”
- “¡No manches!, ¿qué quieres? Mejor trae más leña que hace un méndigo frío de la cachetada.
- “¡Qué vengas, no encuentro a Don Mike!”
Héctor se puso de pie, se tapó la cabeza con el gorro de su chamarra y siguió la luz de la linterna que dirigí hacia él. Cuando llego al lugar donde yo estaba, me preguntó si ya había buscado dentro de la camioneta. Yo le dije que sí. Me preguntó si había visto más allá de los árboles cercanos, le dije que sí. Entonces me dijo, “seguro anda rezando, ya vez lo que cuentan de Don Mike. ¡Vámonos a la fogata!” Yo respondí: “No güey, vamos a ver dónde está. Qué tal que le pasa algo”.
Caminamos hacia el río, adentrándonos en el bosque. Más o menos caminamos unos 300 metros y empezamos a oír el ruido del río. Sabía que había una cascada como de unos 4 metros de alto porque una vez me bañé ahí, cuando vine de campamento con Moto y otros amigos. También sabía que cerca de la cascada había un claro muy bonito que es donde nos poníamos a tomar el sol después de un baño o durante la noche a contemplar las estrellas. Era una bonita vega de río.
Mientras caminábamos hacia el río vimos como la luna iluminaba el vallecito y el agua. Una leve brisa nos rozó la cara y un aroma de bosque, limpio y fresco, llenó nuestros pulmones. Yo apagué la linterna. El camino estaba iluminado por la luna. Héctor se puso a mi lado y fue cuando lo vimos. Nos quedamos de piedra. Inmóviles. Sin habla. Admirados.
Hincado en medio del prado Don Mike tenía la cara levantada hacia el cielo, los brazos extendidos, pero no tanto, no parecía que los tuviera en cruz. Movía los labios y se oían algunas palabras que no pudimos identificar. Toda la escena, como de la película de “Hermano Sol, Hermana Luna” nos pareció hermosa. En un momento pensé que estaba soñando o imaginando cosas. Pero no era así. El frío de la mañana no dejaba mentir. El ruido del río. La luz de la luna. La figura de Don Mike, de rodillas, en medio del bosque, en oración no era un sueño, era realidad.
Antes, hace unos meses, en alguna reunión del Clan de Rovers, Germán, el subjefe de grupo, nos había contado como Don Miguel se levantaba muy temprano, como a las 4 o 5 de la mañana, para orar. Era su rutina que jamás cambiaba estuviera en la casa de los Hermanos de La Salle o en campamentos o en retiros o en donde fuera. Algunos decía que lo vieron elevarse, es decir, levitar. Otros dijeron que tenía el don de la bilocación, que podía estar en dos lados a la vez. Muchas historias se contaban de Don Mike. Ahora Moto y yo lo estábamos viendo, no nos lo tenían que contar.
Fue inevitable que nos acercáramos a Don Mike. Al hacerlo pisamos una rama que hizo ruido al romperse. De inmediato Don Miguel volteó a vernos. Su mirada se fijó en mí. No cambió de posición, no hizo nada por pararse. Dejó de orar en voz baja y me dijo “ven”. Como si fuera una orden caminé hacia él. Héctor se quedó como clavado donde estaba. Llegué a una distancia como de un metro de Don Mike y sin decir nada me hinqué también. El me dio un rosario scout, de los que son circulares con diez bolitas para cada una de las Ave María y la cruz para el Padrenuestro. “Reza conmigo”, me dijo. “La coronación de Nuestra Señora como reina y señora de todo lo creado. Padrenuestro…”
Terminado el Rosario y como si nada hubiera pasado, Don Mike se puso de pie y nos preguntó: “¿Cómo dejaron la fogata? ¿Ahuyentaron a los perros?”. “Vamos a avivar el fuego, ya se van a levantar las niñas”. Solo atinamos a responder, “sí, vamos”.
Al llegar a la fogata, al campamento, Paula, cubierta con una cobija, estaba de pie atizando el fuego, echando algunas varas que habían quedado. Don Miguel, que le profesaba un cariño especial, la abrazó y le dio un beso en la frente. “Estos muchachos fueron a buscarme”, dijo. “No conocen nuestro secreto, ¿verdad?”. Y volvió a darle un beso a Paula. “José Antonio es un buen muchacho” dijo nuevamente, “cuídalo bien” dijo, dirigiéndose a Paula.
El resto del campamento fue como todos. Actividades, juegos, cantos, comida, recogida de campamento, limpieza del bosque, apagar la fogata, cubrirla de tierra, recoger las cosas y regresar. Cantar el adiós scout y la porra de grupo: “¡Qué grupo es el mejor, el diez el diez!”.
Héctor y yo regresamos con las Guías, en camión. Nos cargaron como a burros de acarreo. Al fin y al cabo hombres que deseaban impresionar a las chicas, caminamos los casi cinco kilómetros que nos separaban de la carretera y de la “Parada del Valle de los Conejos”. Después de este campamento Paula y yo nos hicimos novios. Ahora tenemos veinte años de casados y cinco hijos, ninguno es scout ni quiere ser hermano Lasallista.
Don Miguel siempre ha estado presente en nuestra vida despertando nuestro corazón.
Publicado el 31 de julio de 2014 en mi blog EL DESEO PIDE CUMPLIMIENTO.

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