Desesperado, gritando, veía correr gente de un lado a otro. Yo, en medio del tiroteo, tirado en el suelo, cubierto tras un tronco caído, intentaba librarme de las balas. Al frente, un grupo de hombres y mujeres enfurecidos gritaban desaforados: ¡robo! ¡traición! ¡ratas! ¡cabrones!. Del lado opuesto, otro grupo apuntaba con sus armas, recibían las injurias sin inmutarse. De pronto uno de ellos gritó: ¡chínguense pendejos! y abrieron fuego. Las balas pasaban sobre mi cabeza, asustado y sin poder correr, solo veía como caían heridos o muertos, entre gritos y llanto, los opositores al gobierno. Hombres manchados de sangre con el rostro descompuesto, mujeres mutiladas por las balas expansivas sin brazos u otra parte del cuerpo, niños sin vida sucios por el polvo en brazos de alguien. Todo era confusión, ira, rabia, rencor. Las balas seguían pasando sobre mi cabeza, cientos, miles.

De pronto, como en un acceso de locura, me puse en pie. En un instante percibí mi muerte. Ahí, parado entre el fuego de las balas y los insultos, me vi alcanzado por una bala, justo en el pecho, en el corazón. Mi cuerpo, como en cámara lenta, calló al suelo poco a poco. Con la mirada a punto de cegarse, vi a unos y otros, todos fuera de sí, incapaces de entender lo sucedido, llorando, gritando. De entre la multitud pude ver que me veían, un niño, lejano, me miraba. Miraba cómo gritaba, cómo intentaba que pararan el fuego. Mis ojos se fijaron en los suyos y por un instante divisé una pizca de ternura, así cerré los ojos definitivamente.
Vi mi cuerpo tirado en el suelo. Traspasado por las balas. Ensangrentado y sucio. El rostro sereno, incluso con una leve sonrisa. Intentaba gritar pero no salían sonidos de mi boca. Quería tocar, pero nada sentía. Unos y otros pasaban junto a mí, tomaban mi mano para sentir el pulso, cerraron mis ojos y me pusieron una cobija encima. Yo seguía mirando la escena. Muertos por todos lados. Otros muertos en vida, asesinos a sueldo del gobierno, de un poder desconocido. Mataban por dinero, por miedo, por odio algunos. Yo podía pasar entre ellos, sintiendo su odio y rencor, su llanto y vergüenza. De los otros, percibía su indignación y miedo, su rabia y dolor. Nadie me oía aunque gritara, nadie volteaba aunque yo lo mirara.
De pronto me dí cuenta que estaba muerto. Que mi cuerpo ya no era yo. Que este mundo ya no era el mío. Que el aire, el sol, el polvo, los gritos, las balas, ya no me tocaban. Ya no pertenecía a este mundo. Callado, sumido en mí mismo caminé lejos, sin rumbo, entre calles desconocidas. De pronto nada, oscuridad y vacío, silencio. Desperté y me dí cuenta que mi esposa e hijos dormían. Solo yo estaba despierto, con sueño pero con vida y me dormí de nuevo.
Publicado el 20 de marzo de 2016 en mi blog EL DESEO PIDE CUMPLIMIENTO.
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