El que avisa no traiciona


El operativo comenzó a las 9 de la noche en la caseta de San Martín Texmelucan. Los agentes de migración detenían los autobuses para verificar si llevaban extranjeros ilegales a la Ciudad de México y de ahí seguir su camino a Estados Unidos. Por eso detenían más a los que venían de Veracruz o Tabasco y a los que fueran directo a la Central del Norte del Distrito Federal.


En la noche, con la lluvia cayendo leve pero constante, las linternas con estrobo hacían la parada a los autobuses. No todos se detenían, y en ese caso eran alcanzados por la patrulla de la Federal de Caminos y, ahora sí, que Dios los agarre confesados.

Jorge y Lidia se hicieron cargo de un grupo cada uno. Al ver un autobús que viajaba de Mérida a la Ciudad de México corrió Jorge antes de que tomara velocidad después de pagar la caseta y le hizo señas para que se detuviera.

Con sus casi 1.90 metros de alto, lentes de botella, chamarra y gorra azules con el logotipo del INM imponía respeto por su actitud decidida como si dijera: “Ahora sí cabrón, te agarré”. El autobús se detuvo a pesar de la molestia de los pasajeros y el chofer. Jorge subió seguido de Karla y “Sebas”. Parado al frente del autobús pidió que todos sacaran una identificación que sus compañeros revisarían para verificar su nacionalidad. Por su parte Pedro y Alberto revisaban el lugar donde se ponen las maletas por si viajaba un “pollo” escondido.

Los pasajeros comenzaron a buscar sus identificaciones. Las viejitas las sacaban del brassier o de una bolsita de plástico que llevaban dentro de una bolsa del mandado. La mayoría de los hombres llevaba la mano a su trasero y sacaba la cartera y de ella su identificación: licencia o credencial para votar. Algunos estudiantes sacaban de su mochila la credencial de la escuela. Uno a uno los agentes migratorios iban checando que la foto de la identificación se pareciera a la persona. Sentían la dureza de las credenciales, raspaban las fotos y la mica para ver que no fueran falsas. Miraban por detrás de las tarjetas para ver el “error” de autenticidad. Veían a los ojos a cada pasajero, sin piedad ni lástima. Preguntaban sus nombres y apellidos para reconocer el tono de voz. También preguntaban sobre su destino y origen pidiendo detalles que pudiera revelar que no fueran mexicanos.

Como iban avanzando la tensión se hacía más y más fuerte. “Por favor salga del autobús”, le dijo Sebas a un pasajero que rehusó quitarse la gorra y levantarse la manga para ver si tenía tatuajes en el brazo. “Ni madres” respondió éste. “Por favor bájese y no me insulte, yo no lo estoy insultando”. Jorge se acercó y el pasajero se puso en pie. “Ya voy, ya voy”. Karla continuó la verificación, se hizo a un lado para dejar pasar a Sebas y al pasajero. A unos cuantos asientos vio como una mujer de unos 22 años se acomodaba en el asiento y desviaba la mirada. Su compañero también hizo ademán de no verla. Karla, con paciencia, sabiendo que la tensión jugaba a su favor, fue más despacio interrogando a unas viejitas que viajaban de Coatzacoalcos a la Ciudad de México.

(Apenas tres meses atrás, Karla había asegurado a una “teibolera” colombiana que viajaba de Cancún a la Ciudad de México sin documento migratorio. Yuri, se llamaba. Con la actitud propia de las mujeres que se saben deseadas, “La Yuri” se le enfrentó pero Karla supo manejar la situación a tal grado que la extranjera no tuvo más remedio que pasar tres días en la Estación Migratoria hasta que su “prometido” vino por ella. Para Karla la sensación de “ser la ley” le llenó de una satisfacción que no había sentido antes.)

Abajo Pedro y Alberto seguían bajando maletas. Sebas empezó el interrogatorio al pasajero que había bajado, era un tal Luis Guillermo Prado Luna, de Veracruz, según su credencial del IFE. Armado de un celular y un nextel, Luis no transmitía ninguna sensación de temor, más bien retaba al agente. “Ya te dije que soy de Veracruz, ¿qué nunca has ido? ¿el sueldo no te alcanza o no sabes nadar?” Sebas le pidió que se descubriera el brazo derecho. Lo vio lleno de tatuajes con signos que parecían a los que usan los maras. “Ahora el otro brazo, por favor” También estaba lleno de tatuajes. Sebas lanzó un chiflido y el encargado del operativo, el subdirector, se acercó.

Paco era un agente veterano. De unos 35 años de edad y casi 12 años de servicio en el área de verificación y control migratorio había visto casi todo. No le daba miedo nada. En una ocasión la policía del estado les había pedido que fueran en apoyo para revisar una bodega que resultó ser una casa de seguridad donde encontraron 102 chinos. Como el INM puede solicitar la identificación de cualquier persona y el ingreso a un domicilio sin necesidad de una orden judicial, “los estatales” los llevaban para “abrirles las puertas”. En esa ocasión el comandante, el Mtro. Juan José Linares, les dijo: “en cuanto abran se quitan o se tiran al suelo, la cosa se puede poner fea”. Efectivamente, en cuanto abrieron la puerta, los “polleros” quisieron cerrar la puerta y comenzaron a tirar balazos. Por suerte los estatales con sus R15 lograron someterlos y migración pudo asegurar 102 indocumentados.

Paco se acercó a Luis el veracruzano. Comprobó que la credencial del IFE era falsa. “Esta se me queda, no sirve, es chocolate” le dijo. "Nos vas a tener que acompañar jarocho". El hombre solo le lanzó una mirada de desprecio pero no dijo nada. Sebas y Paco le pusieron las esposas, lo tomaron por detrás asiendo la cintura del pantalón y lo llevaron a la camioneta y la cerraron. “Cuídalo bien” dijo paco a Sebas. “No te quedes dentro”.

Karla por fin llegó al lugar donde estaba la chica que esquivaba su mirada. Para entonces ya habían subido José Luis y Laura para apoyar la revisión. Cuando Karla pidió la identificación la chica hizo como que buscaba en su bolsa. Luego preguntó a su compañero de viaje si él tenía su identificación. Pero éste tampoco la encontró en su cartera. El sí entregó su IFE. “Daniel Gómez Pérez”, de Pachuca, Hidalgo. “¿Son novios?”, preguntó Karla. “No, solo nos conocimos en el viaje desde Cancún”. “¿Puedo ver sus boletos”, “Sí, dáselos” dijo ella. Karla se fijaba en cada palabra y gesto. ¿Por qué tenía él los boletos de ambos? “Dónde está su identificación, Señorita”, dijo Karla. “Sí la traía, pero tal vez la perdí en Coatzacoalcos cuando nos bajamos a comer”.

De pronto, por detrás de Karla, dos muchachos se bajaron corriendo, empujando a los agentes que estaban de pie. “Pollos”, gritó Jorge. “¡Agárrenlos, son pollos!” Daniel también se paró, aprovechó que Karla se había volteado y salió corriendo. Al bajar del autobús Daniel sintió como Jorge le daba una patada en el trasero. Apenas tuvo tiempo de dar dos o tres zancadas. La patada le había hecho perder el equilibrio y el agua en el asfalto lo hizo resbalar. Calló de cara y de inmediato Alberto y Pedro, que  guardaban las maletas, le cayeron encima. “Hijo de Puta, estate quieto”, le dijeron.  “No te muevas cabrón o te lleva la chingada” oyó que le decían. Alzó la mirada un poco y vio como Paco le ponía la rodilla en la espalda y con rapidez le cogía la mano para juntarla con la otra y ponerle las esposas por detrás de la espalda. “Párate, hijo de la chingada, ahora si ya te jodiste” le gritó en la cara. “Me vas a decir la verdad o te jodes”. Los otros dos ya iban camino a la camioneta para hacerle compañía al jarocho. Del camión bajaron la chica con otras dos mujeres de unos 16 y 18 años cada una más tres muchachos de unos 16 a 20 años. Todos fueron llevados a la camioneta Van Ram con protección de malla entre los asientos de los pasajeros y los asientos del conductor. Paco dio la orden de que Jorge, Karla, Sebas y Alberto se fueran en la camioneta para hacer la puesta, es decir, la entrega, en la Estación Migratoria. “Jálense con el Federal, díganle que los escolte, a ver si quiere el cabrón”. La camioneta prendió los estrobos y la sirena. La patrulla de la Policía Federal se puso delante y se fueron a la Estación Migratoria.

Paco y las gentes que quedaban, el grupo que comandaba Lidia, se quedaron todavía un rato más. La pesca había sido buena. Con estos 9 pollos y el pollero, Daniel, ya podían decir que el operativo era exitoso. Rompieron la mala racha, pues llevaban tres semanas sin “agarrar pollo” en la caseta.

Después de una hora en que detuvieron otros cinco autobuses sin encontrar ningún indocumentado decidieron irse. La lluvia los había mojado, tenían hambre y frío y todavía tenían que ir a la Estación Migratoria y firmar las actas de los asegurados. Esa noche no terminarían antes de las 2 de la mañana. Los agentes subieron al microbús y Paco regresó en el Platina blanco 2010 acompañado de Lidia.

Pasaron la caseta y a la altura de la planta de la volks wagen los alcanzó una suburban negra. Los seguía muy de cerca y les hacía señales con las luces. Ellos pretendieron ignorarla pero la suburban los seguía más de cerca aún. Se les emparejó. Bajó el vidrió del copiloto y asomó una cara de un hombre como de unos 40 años que les hizo señas de detenerse. Paco puso la direccional para estacionarse a la orilla, donde está el Hotel Fiesta Inn. Miró a Lidia y con el matra, el radio con frecuencia de la policía federal, avisó que se detenía en el Hotel por alcance de una suburban negra.

El corazón empezó a latirles más fuerte y comenzaron a sudar frío. Paco aún recordaba la plática que tuvo con la Directora de Control Migratorio de las oficinas centrales, Magdalena, que le había dicho que se cuidaran al hacer operativos en carretera pues la plaza estaba caliente porque el “gober precioso” dejaba que algunos malosos operaran en Puebla. “No te expongas, Paco”, le dijo Magdalena, “no vale la pena, nadie te lo va a agradecer”.

Paco le dijo a Lidia que se quedara en el coche y que si algo pasaba se metiera al Hotel. Se bajó, mirando con temor como bajaban de la suburban cinco hombres. Ellos se pararon a unos 6 metros de distancia, detrás del Platina. Dos de ellos se pasaron detrás de la suburban viendo hacia la autopista y uno más se pasó al frente. Los dos que quedarón se acercaron un poco hacía Paco que no se había movido quedando junto a la puerta del conductor del Platina. Caminó hacia ellos quedando a menos de un metro de distancia. Pudo verles la cara. Uno era de tez blanca, de unos 38 años, ojos cafés, bigote tupido, boca grande, bien parecido. El otro, más alto y gordo, tal vez el guardaespaldas, era un muchacho de unos 25 o 30 años como máximo. Llevaba sombrero y botas vaqueras, picudas. Las manos metidas en el pantalón “Yale”, negro. Camiseta negra lisa y chamarra de pluma de ganso, negra. Pelo corto, como de sardo, moreno y con ojos pequeños.

“¿Qué pasó jefe?, se llevaron mi mercancía” dijo el hombre de tez blanca. Su tono de voz parecía como de Jalisco o Sinaloa. Paco imaginó lo peor. Ya se veía torturado y dentro de una bolsa de basura, arrojado al lado de alguna carretera o en lo hondo de una barranca.  “¿Cómo le podemos hacer?” dijo hablando nuevamente. Paco tuvo que tragar saliva y darse fuerzas para poder hablar, hasta ese día todas las aventuras de los operativos se resumían en persecuciones a indocumentados hambrientos y llenos de miedo. Solo en alguna ocasión hubo una “buena madriza” cuando unos hondureños les sacaron navajas a los agentes de migración que, ayudados por los federales, los sometieron y les dieron “una calentadita para que aprendieran”.

“¿Cuál mercancía?” fue lo único que pudo decir Paco, con voz fuerte y clara. “Solo aseguramos a unos jodidos indocumentados y al puto pollero, así que no veo a qué mercancía te refieres”. “Pos a Luisito”, dijo el hombre, “los otros son suyos, no nos importan”. “Mira”, siguió el norteño, “aquí está lo convenido”. Hizo una seña a su guardaespaldas y éste sacó de la suburban un portafolio negro. “El cobra nos dijo que medio melón, si quieres cuéntalo”, le dijo.

Paco estaba muy tenso. Dentro del Platina Lidia miraba por el retrovisor lista para salir corriendo. Rezaba. Por la mente de Paco pasaron imágenes de narcotraficantes haciendo tratos, recibiendo dinero en fajos de 10 mil pesos en billetes de quinientos pesos. También se acordó de aquella ocasión en que fue comisionado para apoyar a los agentes de migración del aeropuerto de Cancún y vio cómo llegaron los agentes de la SIEDO, la fuerza especial contra delitos del crimen organizado de la PGR, y se llevaron a los agentes de migración con todo y vendedores de chicles.

“Creo que me confundes” dijo Paco, “yo no soy el cobra ni el cobra es mi jefe. Es el jefe de aquellos” y señaló a una patrulla de la Policía Federal que estaba estacionada cerca del Hotel, sin pasajeros. “Mejor le hacemos como que no nos vimos y ay muere”. “No mames", dijo el que había hablado. "Pérame güero”, dijo y se metió a la suburban y desde ahí habló por su nextel. Se tardó unos cinco minutos que a Paco le parecieron eternos. El gordo no le quitaba la vista de encima y ahora tenía la mano dentro de la bolsa derecha de la chamarra. Cuando bajó de la suburban el de tez blanca, hizo una señal a sus acompañantes y éstos subieron a la camioneta. Se acercó a Paco y le tendió la mano. “Aquí no pasó nada” le dijo , “has de cuenta que nunca nos vimos y, por tu bien y el de tu familia, pásales a los de la federal al Luisito”. Soltó la mano de Paco, subió a la suburban y se fue. 

Paco subió al platina y sin decir nada, prendió el coche y  arrancó. Se paró junto a la patrulla de la Federal, se bajó y buscó al agente que se acercó caminando. “Ahí llevan algo para el cobra”, le dijo, “no tomamos nada”, agregó, “dile que el que avisa no traiciona”. Se subió al coche y se fue. Lidia estaba callada, muda.

Al otro día, en las notas de la sección policiaca del Sol de Puebla apareció la nota del operativo: “Detiene migración a pollero, viajaba con su novia y 7 indocumentados”. Nada se dijo de Luisito porque ahí no había pasado nada.

* Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Los nombres y los hechos son ficticios aunque pudieron haber sucedido.

Publicado el 5 de agosto en mi blog EL DESEO PIDE CUMPLIMIENTO.

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