El obispo bueno

 " Tú ve y confirma en la fe a tus hermanos"



Una comida en Pancho Villa. Llegas por ahí de las once de la mañana al Pueblo de Pancho Villa. La vía del tren se extiende larguísima sobre una tierra desierta de árboles, árida y seca. El sol cae como plomo y el cielo es azul claro sin nubes. En el Dart K blanco llegamos a la Capillita del Pueblo.

Como otras construcciones está hecha con muros de adobe y techos de madera. El altar es apenas una mesa cubierta de un mantel blanco con un bordado de un pez. La gente ya esperaba. Las mujeres y los niños adentro y los hombres afuera. Al vernos llegar la sacristana tocó la campana para avisar que daría comienzo la misa. Ya dentro, una niña con guitarra era todo el coro. De pie, hasta delante, un grupo de unas 3 niñas y dos niños, vestidos de blanco, esperan para recibir la primera comunión. Atrás de ellos, están las dos parejas que se van a casar. Una pareja de unos diecisiete años y la otra de más de venticinco años de casados.

El obispo saluda a todos. Algunos le besan la mano y otros el anillo episcopal. El, ya revestido con alba, pregunta si alguno se quiere confesar. Se sienta en la parte de afuera, en una sillita de madera y a pleno rayo de sol confiesa a una señora, a los de la primera comunión y a los que se van a casar. Pasa más de media hora confesando, sin prisa. Después se pone de pie y pide algo de agua. Toma el vaso, bebe y se dirige a la capilla para ponerse los hábitos para la celebración de la misa. Celebra la misa, da la primera comunión, casa a las parejas y al final pide un aplauso para quienes acaban de recibir los sacramentos. Los cuetes suenan fuera y la pequeña banda toca a todo pulmón. El arroz cae sobre los recién casados y los niños se avientan para coger las monedas que los padrinos de primera comunión lanzan al aire. "¿Se queda a comer, Padre Obispo? Le pregunta la sacristana. "Sí, pero no vengo solo, traigo equipo." Así nos dirigimos a comer a una casa que, a vistas, es de las mejores del pueblo. Nos dan los lugares de honor y nos sirven cerveza y coca cola. Comemos un menudo. Casi una hora y media después nos despedimos y nos vamos al coche con intención de irnos al obispado, a casa.

Al salir una niña de unos ocho años, pobrecita, se acerca y le dice a Don Hilario que su mamá quisiera invitarle a comer. Don Hilario sin dudar dice que sí. La casita de la segunda comida es muy pobre. Techo de lámina negra, paredes de adobe, puerta de madera, piso de tierra. Tendrá unas dos recámaras, una es la sala, comedor y cocina y la otra el dormitorio de la familia. La dueña de la casa, más o menos arreglada, nos recibe con asombro, como si nos esperara pero no cree que el obispo esté bajo su techo. Se limpia las manos con el delantal y nos invita a sentarnos. Tres sillas, alrededor de una mesa cuadrada de madera, son duras y de respaldo recto. La mesa no tiene mantel. Sin hablar mucho la señora saca dos platos, dos vasos de veladora, dos cucharas. Pone un salerito y algunas tortillas. Nos sirve la comida, papas con jitomate. Don Hilario, como si no hubiera comido, empieza a comer. Coge una tortilla y empuja las papas con ella. Agradece la comida comiendo. De pronto se abre la puerta y entra un niño, descalzo, con pantalones medio rotos, sombrero y camisa de cuadritos. Trae dos coca colas una en cada mano. Nos las ofrece y las pone sobre la mesa. ¡Las mira con unas ganas de tomárselas! Las abrimos y las tomamos directo de la botella. Cuando alzo la vista, veo que Don Hilario tiene una mosquita en su plato. Se lo trato de decir, pero no me atrevo a hacerlo en voz alta. Me pongo nervioso y no se cómo hacerle señas. Trato de toser pero no me sale. El acerca la cuchara al plato de papas con jitomate, coge un poco, lo empuja con la tortilla y junto, más bien, dentro, cae la mosca. En un impulso le detengo la mano pero él retira la cuchara y me dice "¿qué pasó?", yo le respondo que parece que le cayó algo a su comida, él ve la mosca. La separa y dice en voz alta, "ésta también tiene hambre, quería de mis papas". La Señora se queda callada pero al oír la risa de Don Hilario, se rie también, y los niños también.  Al terminar el obispo da las gracias y la familia, que nos vio comer, de pie, a unos centímetros de la mesa, también se despide. "Gracias Padre Obispo, está es su casa, gracias, Dios lo bendiga". El obispo les pide que se hinquen para bendecirlos, los bendice y cuando se va, saca de su bolsa un poco de dinero y se lo da a la señora que lo recibe, como reciben los necesitados, con agradecimiento y cierta vergüenza.

Ya en el coche me dice, "sabes, esta fue la mejor comida en muchos días". Por el retrovisor veo como los niños corren detrás del coche, la mamá se queda parada en la puerta de la casa, llorando.

¡Tengo miedo, soy cobarde, tengo miedo! La capilla del obispado está en el primer piso. Subiendo las escaleras y pasando el estudio, a mano izquierda. Es de apenas unos veinte metros cuadrados más o menos. Se construyó en lo que era la terraza. Tiene un gran ventanal del lado izquierdo si se ve de frente el altar. Solo hay un sillón, cuatro sillas, el altar y el sagrario. Una pequeña imagen de la Santísima Virgen en su advocación de "La divina infantita", un crucifijo y los libros sagrados. Ahí reza don Hilario casi todas las mañanas, cuando no tiene que salir y rezar en el coche. También usa la capilla para hacer sus meditaciones, a veces oyendo un cassette del Padre Larrañaga. Yo rezo con él muchas veces. A veces el breviario, otras el Santo Rosario, otras le acompaño a la celebración de la misa. Cuando medita, a veces lo acompaño.

Esa tarde de noviembre, cuando ya hace frío y el cielo está cubierto de nubes blancas y bajas, signo de nevada, terminé de arreglar algunos libros en la biblioteca. Era la colección de Historia de la Revolución Mexicana de editorial Tradición. Subí los escalones para ir a mi cuarto, que está junto a la biblioteca y al pasar por el pasillo que lleva a la capilla, oigo gemidos y llanto. Sorprendido me encamino a la capilla pensando que la Madre Consuelito está rezando. Al llegar oigo nuevamente los gemidos y el llanto. Ahora con más fuerza. Entro a la capilla, un poco "cortado" y encuentro a Don Hilario hincado en su reclinatorio, frente al altar, llorando. No me ve. Me acerco un poco y me quedo de pie, a unos centímetros de él. El sigue llorando y gimiendo. "Tengo miedo, tengo miedo" repite entre sollozos. Se gira hacia mí y levanta la vista. Su rostro refleja un gran dolor. Los ojos rojos por el llanto, húmedas las mejillas. El pelo medio desaliñado por la mano que se pone frente a la cara cuando llora. Me mira y me dice, "tengo miedo, tengo miedo de perder la vista, no puedo leer, leéme el breviario, siéntate". Me siento en una silla junto a él y empiezo a rezar: "Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque Tú vas conmigo, tu vara y tu callado me dan seguridad". Don Hilario hace un ademán y yo entiendo. Me quedo callado. "Ves", me dice. "Soy cobarde, no tengo fe. Si El está conmigo, ¿porqué temo por mi vista?".

Conforme avanza la oración se va calmando. La respiración se hace más tranquila y deja de llorar. Se sienta en su sillón reposet. "Sí, soy cobarde, pero El está conmigo, El es la defensa de mi vida, mi fuerza."

A la siguiente semana fuimos a Chihuahua para que lo viera el oculista. Tiene cataratas. Hay que operar. Ya no tiene miedo.

Un tequila en la Parroquia del Carmen. Entre San Buenaventura y Nuevo Casas Grandes está la Parroquia del Carmen. Don Hilario, impredecible como es, tiene la costumbre de "caerle" a sus curas. No por afán de fisgón, sino por necesidad. Venimos de regreso de Zaragoza, en la Sierra. Así que pasamos por San Buenaventura como a las once de la noche. Nos animamos a seguir y tres cuartos de hora después, al ir sobre la carretera Don Hilario me indica que paremos a ver al Padre Sebastián, el Párroco de El Carmen, para quedarnos a dormir en su casa pues tiene dos cuartos libres.

La casa Parroquial está junto al templo. Al llegar en el Dart K blanco, vemos que hay luces encendidas y algunas trocas fuera de la casa Parroquial. De sopetón tocamos la puerta y nos abre el Padre Sebastián. Me ve y se queda como de piedra, ya sabe que vengo con el Obispo. "Toñito, pásale" me dice. Hasta mí llega el tufo del tequila y el cigarro. "Vengo con Don Hilario, le digo en voz baja, se quiere quedar a dormir". Me mira y voltea la vista hacia la casa, hacia la mesa que está junto a la sala. Al rededor de una mesa redonda están los curas de San Buenaventura, el Rector del Seminario Menor de Nuevo Casas Grandes y Don Joaquín, el dueño del Supermercado del Pueblo. Están fumando y tomando tequila y unas cubas. Hay botana en la mesa y cartas.

Como si entrara a una cantina, Don Hilario abre la puerta, se planta de pie y mira a los comensales. Todos se ponen de pie de un salto, hasta don Joaquín. Medio cayéndose por los tequilas uno de los padres se agarra de la silla y disimula que algo se le cayó. El Rector da una fuerte chupada a su cigarro. Nada se puede hacer, los cogieron infraganti. Yo cierro la puerta ya con la maletita de viaje de Don Hilario en la mano. El Obispo se acerca a la mesa. Todos esperan el regaño. Entre la puerta y la mesa hay apenas unos 6 metros. Esta distancia la recorre don Hilario en segundos que se hacen eternos. El silencio cae pesado. Nadie dice nada. Don Hilario se acerca a la mesa, toma una de las botellas. Se la acerca a la nariz y la huele. Los curas y don Joaquín se miran unos a otros. Apenas se hacen señas con los ojos y las miradas y antes que pronuncien una palabra Don Hilario se sienta, toma un caballito, se sirve un tequila y dice en voz jobial, "qué buena bienvenida, ¿les avisaron que venía? ¿Tienen sangrita?". Todos se desinflan, se sientan ligeritos, relajan sus músculos de la cara y hasta se ríen... a carcajadas. Don Hilario solo les dice, "ah qué muchachos".

Unos quince minutos después Don Hilario se pone de pié, pide que le lleven a su cuarto. Todos se paran de sus sillas, saludan y don Hilario empieza, "El Señor esté con ustedes" y ellos, "y con tu espíritu", prosigue "Alabado sea el nombre del Señor" y responden "Ahora y por siempre", prosigue, "Nuestro auxilio es el nombre del Señor" y concluyen, "que hizo el cielo y la tierra" y por fin dice, "Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo" y con un gran respiro dicen desde lo más profundo, "amén".

Al otro día, de regreso a Nuevo Casas Grandes, por la mañana, después del desayuno en la misma mesa, ahora limpia y sin botellas, en el Dart K, me dice, "ves, qué podía hacer, son mis muchachos y yo su padre".

Publicado el 1 de octubre de 2014 en mi blog EL DESEO PIDE CUMPLIMIENTO.

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