El avión presidencial
¡Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial!
¡No lo podía creer! Nunca en su vida se había ganado nada. Estaba salado. Ni en las rifas de la Parroquia, ni en las tómbolas de la escuela, ni en el Melate ni en nada se había ganado nada. Se frotó los ojos, se pellizcó en la pierna y en el brazo, se dio una cachetada para saber si no seguía dormido. Realmente estaba despierto. Sí, se había ganado el avión presidencial, el mismísimo avión que ni Obama tenía. Cleo, su esposa, se levantó y le preguntó por qué tanto ruido, él le dijo: "¡Nos ganamos el avión presidencial!"
Ese día iría a trabajar por última vez en su vida. Ahora sí, la transformación estaba en marcha y las aves de mal agüero no podían decir nada, ahora sí, a él, a Josafath Mireles Pérez, por fin, la suerte le sonreía, la revolución le cumplía, el amigo de los pobres, con esa genial idea de rifar un avión que era puro lujo, derroche, corrupción y todo lo malo de los gobiernos neoliberales, conservadores y fifís, con esa idea convertida en acción, él, ahora, dejaría de ser pobre, marginado, malasuerte, salado. Ahora, todo sería diferente. ¡Viva México! ¡Viva la 4T! ¡Viva Andrés Manuel!.Cuando llegó a su casa, después de trabajar, todo era fiesta y sorpresa. Estaban su suegra, sus cuñados y cuñadas, algunos vecinos y hasta su mamá que estaba sentada en la sala, muy contenta tomando un poco de Ron Pope. Al entrar todos aplaudieron, dieron gritos de júbilo, entonaron la porra que dice: ¡es un honor estar con Obrador! y otra que dice: ¡ahora sí, ya puedo ser fifí”. Entre abrazos, besos, palmadas y restregones, pudo llegar a la mesa y todos callaron. Ese instante se le hizo eterno. Miró a todos a los ojos. Vio sus rostros expectantes. Atentos, por fin, a lo que él dijera. Nadie lo interrumpiría ni le llevaría la contraria. Ahora sí, por fin, era el jefe de la casa, el rey del hogar, el manda más.
Muy lentamente dirigió su mano a la bolsa trasera, del lado derecho de su pantalón. Sacó su cartera, la hizo viajar desde su bolsa hasta su pecho, la abrió y la miró con cuidado, sacó la lengua y la puso sobre su labio superior, con los dedos pulgar e índice de la mano derecha tomó la punta del boleto, lo jaló despacito, disfrutando cómo nadie dejaban de mirar, atentos, callados, observando cada uno de sus gestos. Cuando por fin hubo sacado el boleto, lo levantó frente a sus ojos, todos levantaron la mirada, un silencio sagrado envolvía la atmósfera del hogar. Lo acercó a sus labios, lo besó una, dos, tres veces y luego grito: ¡ahora sí, la suerte está en mis manos! Todos gritaron como locos, chiflaron, brincaron, zapatearon, se aventaron unos contra otros. La euforia era total. Hasta el perro “Huevo” corría de un lugar a otro ladrando y dando brincos.
Toda la tarde la pasaron celebrando, platicando de los planes futuros, de cómo por fin saldrían de ese barrio pobre para mudarse a uno mejor, de cambiar el coche 2002 por uno 2020, de comprar ropa sin tener que buscar puras ofertas, de poder inscribirse en el club para ir al vapor, de poner negocios exitosos, Cleo una cocina económica, Neto y Toño pondrían un salón de videojuegos, a su mamá le compraría un sillón automático que diera masajes, con sus cuñados compraría un terreno para ampliar el taller. Todos pensando en lo mucho que podrían hacer ahora que serían ricos, ahora que por fin a uno de ellos, al más jodido, le había tocado la suerte de ser redentor, buen samaritano, amigo, socio y hermano para toda la vida, una vida llena de abundancia.
El y Cleo no pudieron dormir. Al otro día, muy temprano, se fueron a las oficinas de la Lotería Nacional, las de Reforma. Se fueron en taxi, para evitar que les robaran el boleto. Se fueron muy temprano, a las 7 am. Cuando abrieron, ellos ya estaban cerca de la puerta. Esperaron a que pasaran unos minutos antes de entrar. Cuando lo hicieron, no sabían para dónde ir o a quién preguntarle. Por fin se animaron, y fueron a una de las cajas donde se cobran los boletos. Una señora, que estaba del otro lado, terminó de comer su tamal de mole y cuando lo hubo bajado con un trago de coca cola les preguntó qué querían, ellos le mostraron el boleto y ella casi escupe la coca y el tamal, gritó con todas sus fuerzas: “número, número, número ganador del avión presidencial”. Todos voltearon a verla y luego voltearon a ver a Josafath y a Cleo. Ellos, con el boleto en la mano, dijeron: “sí, somos nosotros, somos nosotros”. Pero en ese mismo instante, todos soltaron una carcajada, se doblaban de risa, empezaron a burlarse de Josafath y Cleo, les hacían caravanas, les abrazaban sin parar de reír. Cleo y Josafath no sabían que pasaba, no entendían, hasta que se les acercó un hombre de traje gris medio luido que les dijo: “¡Pobres ingenuos!, ¡los estafaron! ¿ustedes también compraron boleto? ¿también se lo ganaron? ¿creyeron lo de la rifa?” Es falso, todo fue una mentira, todo fue una estafa, ¡ese avión se lo regalaron a Trump!
Y Josafath cayó al suelo como fulminado por un rayo, sin médicos ni medicinas, le pasó lo que a Cleto: "Murió, murió, murió".
Publicado el 10 de febrero de 2020 en mi blog EL DESEOMPIDE CUMPLIMIENTO.
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