120 kilómetros por hora
El coche corría a unos ciento veinte kilómetros por hora, de bajada, sobre pavimento mojado. Atrás, una camioneta de tres toneladas intentaba rebasar por la derecha. A un lado, otro coche pasaba salpicando el agua de la carretera mojada. La aguja subía. Ciento diez kilómetros por hora, luego ciento veinte kilómetros por hora. Adelante un puente que cruzaba la carretera y la cuneta del lado izquierdo. Las manos firmes en el volante, sudorosas. Las piernas tensas pisando el acelerador y tocando suavemente el clutch. La mano derecha subía y bajaba nerviosa de la palanca de velocidades al volante y al limpiador del parabrisas. El silencio pesaba como una roca, todos tensos mirándome. Cada gesto, cada mueca, cada movimiento delataba la situación.
Sin frenos, el coche seguía corriendo, esperando una subida para disminuir su velocidad y, tal vez, frenar con motor. De pronto todo se nubló, el vapor entró por el panel de control oliendo a anticongelante. La visibilidad nula. El radiador del aire acondicionado se había roto. Rápidamente alguien abrió la ventana, entró aire a ciento veinte kilómetros por hora, pero no quito el velo del parabrisas. Un grito, un claxón por la derecha, luces altas, y la camioneta de tres toneladas rosando el lado derecho del coche, golpeando el espejo, se hizo a un lado y pasó como rayo y trueno.
De reojo miré a la izquierda y oí que me gritaban que dirigiera el coche a la derecha. Sin poder ver, dirigí el coche al carril derecho. Poco a poco, como un ciego que va tanteando el terreno desconocido. Un pequeño giro a la derecha y otro grito, ¡más, más! Otro pequeño giro a la derecha y de nuevo, ¡más, más! De pronto bajé la velocidad. Primero cuarta y el coche sintió el bajón de velocidad. Luego tercera y las revoluciones llegaron a más de tres mil por minuto. Un segundo para pensar, para despejar la duda y entró la segunda, el coche se sacudió, las llantas casi se paran, rechinaron en el pavimento mojado pero siguieron andando, despacio. Unos segundos más y el coche se paró. Giró con fuerza a la derecha sobre el pasto de la orilla de la carretera y por fin, se detuvo.
Nadie se movió. Solo llanto ahogado que pedía salir fuera, quemar la garganta. La carretera sola. De pronto un auto pasa a ciento treinta y solo ve como nos bajamos. No entiende lo que podía haber pasado. Abro la puerta, giro a la izquierda y pongo los pies en el suelo, firme, inamovible, seguro. Salgo del coche y le doy la vuelta por delante. Abro la puerta derecha de atrás para que bajen mis hijos, casi no lo creen. Me abrazan y lloran. Pongo mis manos en sus cabezas, los toco, los beso, los aprieto contra mi. Un solo pensamiento, estamos vivos, gracias Dios. Solo un segundo podía haber borrado nuestras vidas.
La conciencia de la fragilidad de la vida se expresó en agradecimiento, en llanto, en gozo.
Publicado el 8 de octubre de 2016 en mi blog EL DESEO PIDE CUMPLIMIENTO.

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